La colección

La primera pieza de la colección del Museo de Chile fue encontrada en 1981, en el anticuariado de la Rådhusplads; la Plaza de la Municipalidad de Copenhage. 

 

Eran otros tiempos. Fácilmente podían pasar horas de búsqueda estéril entre anticuariados y cachureos de una nueva ciudad. Solamente los anticuarios más organizados mandaban catálogos por correo; fotocopias con una lista sin imágenes. Los pedidos se hacían por carta y los pagos por transferencias bancarias lentas y costosas. 

 

Si bien la llegada del fax facilitó las cosas en algo, la Internet sí lo cambió todo… y gran parte del encanto de coleccionar desapareció con ella. 

 

 

Grabados

La colección se compone de ilustraciones provenientes de libros publicados en la fecha indicada en las galerías y en el catálogo.  

 

Los principales proveedores son atlas geográficos, enciclopedias y descripciones de viajes que estaban defectuosos o/e incompletos. Los anticuarios entonces sacaron las ilustraciones y las vendieron de a una. Pero también se da el caso, que el anticuario compra el libro en buen estado y hace una ganancia desmembrando el libro y vendiendo las ilustraciones por separado. 

 

Estas ilustraciones fueron grabadas, esculpidas si se quiere, en un cliché; un  bloque de madera, una plancha de cobre o, más tarde, una plancha de acero. Luego el cliché se empapaba con tinta y servía a manera de timbre para reproducir la ilustración sobre papel hecho a mano.

 

El punto de partida más común  para la ilustración grabada en el cliché era un dibujo en papel, como es el caso de los que hacían los dibujantes a bordo de naves exploradoras. Dicho sea de paso; los dibujantes eran las cámaras de la época. También hubo casos en que se grabó directamente en el cliché, sin bosquejo previo en papel.

 

Los grabados más fáciles de encontrar son aquellos de los cuales se hicieron muchas ediciones. Y como hoy, la cantidad de ediciones de un libro dependía de su popularidad y precio.

 

El coloreado en sus distintas formas fue siempre aplicado posteriormente a la impresión;  inmediatamente después o muchos años después. De modo que un grabado de 300 años puede haber sido coloreado hace “tan sólo” 100 o 150 años.

 

Grabados con el mismo motivo, provenientes de anticuarios en distintos países, pueden mostrar exactamente los mismos colores, lo que indica que todos los ejemplares de una o varias ediciones fueron coloreados con las mismas mezclas; de manera masiva y sistemática.  

 

Se sabe que colorear libros ilustrados era en períodos un popular pasatiempo; niños eran también  asiduos coloreadores, de manera que muchas quedaron descuidadamente pintarrajeadas.

 

Muchas ilustraciones fueron coloreados por anticuarios para mejorar las ventas. En algún momento existieron principios para colorear límites de países, agua, montañas, ciudades, costas, etc. Pero, por razones de comunicación y distancia estos principios fueron fácilmente ignorados y los resultados de una gran variedad.

 

 

Procedencia y fechado

El valor comercial de la mayoría de los grabados, comparando con otras antiguedades, es relativamente bajo y no motiva a los anticuarios a mayores investigaciones. Por lo general usan el dato que tienen más a mano para informar acerca de la procedencia de un grabado. Esto crea una enorme confusión, ya que el mismo grabado puede aparecer en distintos catálogos referido a un jefe de expedición, dibujante, editor, edición, engrabador, escritor, geógrafo, impresor, cartógrafo, naturalista, botánico, etc. 

Son pocos los anticuarios que solamente se dedican a los grabados. La mayoría basan su negocio en libros y demases. Por eso, aún teniendo muchos años de experiencia, se encuentran a menudo con grabados de cuya procedencia saben poco o nada. Los coleccionistas, por reducir el área de interés, tienden a tener más conocimiento específico. 

La mayor presición posible acerca de orígenes se obtiene cuando el anticuario ha adquirido el libro completo - y lo está deshojando para vender las ilustraciones por separado. Pero observando sólo un grabado, sin tener el libro completo o la página inicial de éste, es sencillamente imposible precisar si se trata de la tercera, décima o vigésimo quinta edición. 

Los clichés de cobre usados por un editor en un país eran a menudo vendidos a otros editores en segundos o terceros países, de modo que el mismo grabado fue impreso con texto en otro(s) idioma(s) decenios después de la primera edición. Los plagios y “piraterías” de la época contribuyen también a dificultar una investigación. 

 Debe también considerarse que los datos están  siendo renovados constantemente de acuerdo a la aparición de nuevos libros antiguos y el rápido intercambio de datos de la Internet. Los datos existentes hace quince años para muchas primeras ediciones, han sido modificados muchas veces.    

 

 

Autenticidad

En general, los chilenos se asustan un poco frente a la idea de documentos con un par de siglos o más de antigüedad.

 

Una reacción habitual es cuestionar la autenticidad y exigir algún tipo de certificado. Aquí  la cosa se complica un poco, ya que tal certificado tendría valor solamente si es emitido por un conocedor de papel antiguo y, más importante aún, si hay seguridad de que corresponde a la pieza certificada.  A su vez, tal correspondencia es válida sólo y cuando exista absoluta seguridad de que el certificado y la pieza certificada nunca han sido separados - lo cual es practicamente imposible. 

 

La primera imprenta en Chile llegó desde Nueva York, en Noviembre de 1811. Impresos anteriores a esa fecha son muy escasos en el país. Este no es el caso de Europa del Norte, donde es relativamente fácil encontrar páginas de texto o con ilustraciones de, por ejemplo, la Cosmografía de Sebastián Munster, cuya primera edición es de aproximadamente 1540.

 

Durante años los anticuarios miraban con una mezcla de sorpresa y disgusto cuando se les pedía un “certificado de autenticidad” por un grabado antiguo. Vamos... un reconocido anticuario de Budapest o Ámsterdam no se iba a rebajar a vender reproducciones modernas como originales. Y por otro lado...  ¿Cuántas falsificaciones de un mapa antiguo de Coqumbo, Valdivia o de Chile se podrían vender - y a quién? ¿Cuántos compradores  habrían en Amsterdam o Budapest para falsificaciones de un grabado representando a un “chileno” de 1683? 

 

Existen grabados antiguos que valdrían la enorme inversión de tiempo y dinero en una falsificación. Los trabajos de Albrecht Durer, por ejemplo. Pero falsificar un mapa sería un tonto intento de fraude; ya que es tan difícil de hacer como fácil de descubrir. Las ganancias no compensarían nunca lo invertido. El grabado antiguo, sobre todo el mapa, es considerado la antigüedad más depreciada de todas.  La absoluta mayoría de las reproducciones no han intentado nunca embaucar a sus compradores.

 

Durante los últimos años, en que la Internet ha facilitado la venta de documentos antiguos, algunos anticuarios han comenzado a ofrecer certificados de autenticidad para incrementar ventas. Ya no les venden solamente a coleccionistas conocedores del tema. Ahora venden también a gente que a través de la Internet ha llegado por casualidad a una tienda virtual.

 

Finalmente; en caso de duda: Nada es más seguro que mirar el papel al trasluz. La estructura del papel anterior al siglo IXX es casi imposible de reproducir de modo convincente. 

 

 

Conservación

Tomando en consideración la inherente fragilidad del papel, es sorprendente que pueda sobrevivir por siglos. Hay que pensar que algunos libros dieron vueltas al mundo en barcos que en ese entonces eran verdaderas cáscaras de nuez, otros estuvieron abandonados por decenios en buhardillas y subterráneos, etcétera. Si bien el papel hecho a mano de la época aquí en cuestión es de una increíble resistencia, no se necesita de una gran exposición al calor, agua,  humo, gusanos o humedad para destruirlo.

 

Muchos grabados muestran el paso del tiempo, como rajaduras, parches, orificios de gusano, manchas de humo, moho y líquidos, etc. Pero también es el caso, que libros recién impresos fueron incorporados a bibliotecas privadas o públicas, permaneciendo en ellas por un par o más de siglos, hasta que un día fueron rematados. Los grabados de estos libros pueden presentar tan buen estado, que se puede llegar a dudar de su real antiguedad.

 

Los anticuarios están lejos de ser los mejores conservadores de grabados y documentos antiguos. Es normal que los expongan en vitrinas a la calle, colgados con chinches o alfileres, a todo sol. También  escriben el número de catálogo y el precio con lápiz en el grabado mismo. Y todavía tienen los grabados amontonados y doblados de manera que los coleccionistas al buscar a veces los ajan, arrugan y rasgan. En el mejor de los casos están “protegidos” cada uno en bolsillos de plástico. Y luego están los anticuarios que limpian los grabados muy empolvados dándoles un baño de agua con cloro. 

 

La luz solar, el coloreado, el manoseo, el cloro y el contacto con el plástico son todos factores que acortan la vida del papel.

 

Existen muy pocos anticuarios preocupados por la necesidad de conservación del papel. Éstos sí mantienen las localidades a temperatura y luz adecuadas. Los grabados están entre pliegos de papel de arroz libre de ácido y siempre se levantan y transportan usando las dos manos en guantes limpios de algodón. El único menos de estos anticuarios está en sus precios exorbitantes. 

 

Desde el punto de vista de la conservación, la caja fuerte en que se encuentra la colección del Museo de Chile protege de la luz y de un hipotético incendio. Pero no es suficiente para proteger contra otros factores serios de deterioro, como por ejemplo inundaciones, doblado por falta de espacio y, quizás lo más peligroso, robos.